No creo en el instinto materno. En todo caso, podría aceptar el presunto instinto materno si añadimos que también es cosa de hombres. Decir esto en el Día de la Madre es anatema, me consta, pero así lo siento. Y soy madre de dos hijas y un perro.

Me resisto a apuntalar todo lo que se supone que incluye el lote del supuesto instinto: entrega, sacrificio, ternura, paciencia, renuncia del yo por el tú, CULPA. «Dar mucho, pedir poco», era el reclamo publicitario para vender colgantes del Día de la Madre, ¿recordáis? Mucha sacarina dulce para ocultar el olor a chamusquina de la frustración. Me parece muy sospechoso que los valores asociados tradicionalmente a la maternidad impliquen siempre un grado diverso de renuncia y que además debamos saludarlo con alegría. He llegado a escribir (y publicar) un libro con un capítulo exitoso y destroyer que empezaba «me caen mal las madres».

Antes de que me nombreís candidata in péctore al Nobel de las Malas Madres, debo explicarme. Ser madre es llenarte de otro y experimentar cambios luctuosos en tu cuerpo, desde luego. Pero eso es sólo el principio de una larga carrera. Nunca he entendido que alguien quiera tener un hijo porque «le gustan los niños». A los 12 años el niño y la niña dejan de serlo, y entonces ¿hay que sacrificarlos? Porque entrarán en la Adolescencia -con mayúscula, dada su intensidad y duración- y para reafirmarse dispararán contra ti y serán molestos, zumbones, cuando no directamente insoportables. Y cuando estés a dos minutos del suicidio serán jóvenes y convertirán tu casa en un bed&breakfast gratis total. Y más tarde se liarán con alguien que a lo mejor te desagrada y se irán de casa para regresar cuando necesiten un canguro para sus vástagos. Un chollo, ¿no os parece?

Con mucho menos Tarantino haría una snuff movie con mucha sangre y habitaciones sórdidas desprovistas del toque clean de IKEA. Y sin embargo creo que mis hijas me han salvado la vida. Que me han hecho desdoblarme, salir de mi gruta ego, deshacer mis costuras. Desarrollar habilidades y talentos.

No las tuve por instinto, lo juro. Sí por esa mezcla de insconsciencia y salto al vacío que te hace tomar una decisión que sospechas podría salir bien. Sí porque soy hija de familia numerosa y tener hermanos ha sido -y es- una gran suerte y me ha hecho afrontar la vida con optimismo y sin pensar que era el ombligo de la Tierra.

Creo que a una madre no se le va a olvidar nunca ese primer instante caliente y salvaje de tu recién nacido sobre tu cuerpo devastado por el parto. Ese primer saludo palpitante y desgarrador. La hora exacta. El frío en los pies del paritorio. El arrebato de amor sorprendente y las lágrimas de pronto. Pero también ese rechazo, y esa tristeza a veces. Y el terror al dar el pecho que dolía. Y a ser desprovista de tu vientre, de tu sueño y de tus rutinas más básicas. De tu futuro inmediato.

Mis hijas y yo

Suelo decir que hubiera sido igual de feliz sin tener hijas. Me gusta la soledad como a una loba, el tic-tac del reloj en la mañana sin turbulencias en los dormitorios de al lado. No creo que una mujer sea más ni más completa por el hecho de ser madre. He conocido madres sin hijos que son mejores madres que muchas de nosotras. Y padres que son madres según el manual más convencional. Que cuidan y que observan. Que guían y que miman con esos atributos presuntamente nuestros.

Ojo con los clichés, nos hacen mucho daño. No eres peor persona por no querer tener hijos. Ni eres incompleta por no haberlos podido tener. La cultura hace tiempo que derrotó a la naturaleza, pero interesa mucho mantener el discurso del instinto para vender más flores y bombones; para que las mujeres decidan quedarse en casa en lugar de los hombres, si es que toca; para llamar ambiciosas a las que se entregan a sus carreras profesionales con ímpetu…Para atacar fingiendo que nos halagas y celebras.

Así que felicidades a todas las madres. A las que tienen hijos y a las que tienen perros. A los padres que son madres. A los hombres sin hijos que nos cuidan «como una madre» según el manual de la generosidad extrema. A mi madre, que hoy nos reúne a todos a la mesa. A mis hijas, que me hacen más y mejor (y así lo dejé escrito en el prólogo de mi libro). A las mujeres que habéis decidido con valentía no ser madres y nadar contra corriente. El amor maternal no es el único, ni siquiera el mejor en ocasiones. Las grandes verdades que nos han contado a veces son mentiras.