Mi querida Big-Bang,

Más vale que hoy sea un viernes estándar, porque de lo contrario podría reactivarse la fiera que me posee. Yo me había propuesto vivir con las pulsaciones a menos de 70, reaccionar ante el enjambre como si fueran mariposas y ponerme ciega de bollos a las once de la mañana. Total, un viernes es negligente y laxo por definición, ya vendrá el lunes para desatar las iras.Pero no. Creo que la poción mágica está dejando de ser eficaz, porque se me hincha la vena y siento en la garganta unas placas del tamaño de la nueva estación de Atocha.

¿Críptica yo? De eso nada. Me pasa que no puedo soportar dos cosas en esta vida: los pantalones de pinzas bien altos de cintura y la conciencia de clase. Esa mentalidad de currito que calienta la silla rogando que los marrones se aparten de su camino para llegar a fin de mes y cobrar sin gran desgaste físico (ni del otro). Como diría mi madre, «te va a castigar dios», y lo hará con una de mis chukis resoplando en su flamante puesto de reponedora de Lidl, después de un carrerón escolar de diletancia y fracaso.

Mi reponedora, digo, llegará a casa cada noche cagándose en su jefe (con perdón), ese ser que vigila su rendimiento y la abertura de su bata, ya de paso. Mi chuki reponedora o cajera mirará el mundo desde la estrechez de la cinta transportadora, deseando que los últimos diez minutos pasen en un vuelo, para salir del supermercado y tomarse unas cañas con la pescadera despotricando contra la jefatura y la madre que la parió. Y así pasarán los años, mientras la caja registradora va tomando la forma de su cintura y las teclas se desgastan.

Querido Marx, me caes fatal. No advertiste de que a veces el currismo es insuperable. Imagina que mi cajera/reponedora llega un día por azar a directora de todos los Lidl de Madrid. Un puestazo. Pero con esa inquina acumulada contra el mundo, con ese resquemor de clase chunga, nunca podrá apearse de la caja. La llevará dentro como los gordos de la infancia llevan un ser redondo aunque sean filiformes. Es una putada, sí.

Menos mal que a veces emerge como un diamante el currito mileurista con mentalidad de jefe. Ese que mientras repone la estantería de los botes de melocotón en almíbar planea cómo hará en el futuro para racionalizar el sistema y triplicar las ventas. Seres adorables, decididos a cambiar las tornas de la historia. Espero que mi Chuki sea una de ellos. Y podría perdonarle incluso que se pusiera pantalón de pinzas alto. O botas de corsaria con leggins, a más a más.