En el hospital de mi cuñada la Enfermera del Amor a los suicidas se los llama técnicamente «precipitados».

Naturalmente, en esta clasificación entran sólo los que se han tirado al abismo. No los que se cortan las venas, engullen un cóctel de pastillas o meten la cabeza en el horno.

No se me ocurre nada menos precipitado que planear tu muerte. Subirte a una ventana, salir al balcón, y lanzarte al vacío.

Una amiga de mi madre y vecina de nuestra casa de siempre decidió precipitarse después de sufrir cincuenta años de maltrato de su marido, un juez profesor de la universidad, para más señas y oropeles. El tipo la estuvo cometiendo a diferentes torturas que incluían darle cantidades miserables de dinero para hacer la compra. Mientras, él adquiría pisos e inmuebles que nunca fueron ganaciales y salía del portal cada mañana con la cabeza bien alta.

Su mujer, siempre afable y cariñosa, tomó la última decisión de su vida: fingiría haberse caído mientras limpiaba los cristales. Nadie mejor que ella para conocer los entresijos de la justicia -algunos de sus hijos eran, son, abogados-. Imaginó, sospecho, su propio levantamiento del cadáver y a un juez, colega de su marido, musitando: «parece que perdió el equilibrio cuando se apoyaba en el alféizar». A pocos metros de su cuerpo, un limpiacristales y un trapo. Las pruebas del accidente.

Por supuesto, nadie se tragó aquello, pero todos fingieron que sí no para proteger aquel tiparraco asqueroso que tuvo el cuajo de fingirse viudo desconsolado en un funeral en el que ningún allegado le dio el pésame, sino por respetar esa última voluntad de una mujer desesperada a la que nadie ayudó aunque todos sabíamos que habitaba en el infierno, justo detrás de una puerta blindada exactamente igual que la nuestra.

Hay momentos que se te graban para siempre. Mi madre y yo volviendo en tren desde Málaga. Su teléfono que suena y ella, nada más colgar, que llora amargamente, convulsa y sin consuelo.  «P. se ha suicidado. Se ha tirado por la ventana. Dios mío».

Todo precipitado deja a su alrededor una onda expansiva. La impresión de que pudimos haber hecho algo y no lo hicimos. Ese respeto a la intimidad del prójimo que llora a pocos metros tiene mucho de miedo y de cobardía. Hay quien se traga cada tarde ese programa de canallas llamado Sálvame, donde las peores intenciones, la ponzoña moral y estética se acompañan de la tostada con mantequilla y mermelada, y sin embargo parece no escuchar los gritos de la pareja que vive enfrente. Ignorando que cuando las luces del plató de este antro de serpientes venenosas se apaguen todos volverán al camerino tan contentos, mientras que alguien, en silencio, está quizás planeando su actuación de precipitado porque ya no puede más.

Quien dijo que los suicidas eran cobardes no sabía lo que decía. Para mí son la expresión más profunda de la desesperación humana. La sangre y las lágrimas.

Y nos ponen a todos en evidencia. Porque lo sabíamos. Siempre lo hemos sabido.

Un precipitado es un muerto que te cae en el capó de tu coche. Soñarás con él, te hará preguntas.

Hasta los políticos lo han entendido y han movida ficha. No quieren más cadáveres en los armarios. Bastantes tienen con los de sus desidias e incompetencias.

P.D. Sí, este post huele a demagogia. A veces una escribe con las tripas. Mis disculpas.