No se me ocurre un consejo mejor ni más desazonante. Uno de esos que  te hacen pensar y reverberan. Así que sólo por esa frase –«conviértete en quien eres»– que el padre de la escritora, psicoanalista y libérrima  feminista rusa Lou Andreas-Salomé le dejó como herencia manuscrita, quiero que mis hijas vayan a ver la película de la directora alemana Cordula Kablitz-Post.

Si analizo los mensajes imperativos que les lanzo a diario -«recoge la habitación», «estudia», «cómete todo», «no llegues tarde», «apaga ya el ordenador», «quita el teléfono de la mesa»- sólo puedo concluir que soy de una pobreza prescriptora apabullante. Además de poco original, escasamente inspiradora y muy molesta. Una madre pesada que apenas  pasaría con un aprobado las normas ISO menos exigentes del planeta Educación.

La frase, «conviértete en quien eres», encierra la llave de tu destino. Qué prodigio, en su simplicidad aparente. Porque exige una maniobra de autoconocimiento sin trampas para la que no estamos demasiado entrenados y que a veces precisa de un diván.  Cómo me hubiera gustado ser tu paciente, admirada  LLou Andreas-Salomé con Paul Ree y Nietzsche. La foto originalou Andreas-Salomé. Discípula de Freud y una de las pocas mujeres admitidas en el Círculo psicoanalítico de Viena. Brillante, audaz, provocadora; nadadora a contracorriente. Una figura sepultada  entre las de los hombres que la rodearon y se alimentaron de ella, fascinados por su mente poderosa, su personalidad ajena a convenciones y su belleza.  De Nietzsche a Rilke. Algunos, camaradas sin sexo porque ella así lo quiso. Otros ardientes amantes de los que ella solo se saciaba si además del cuerpo se alimentaba de sus cerebros.

«Conviértete en quien eres«, me doy cuenta, es un mantra que debería revisar cada cierto tiempo. Como una ITV de mí misma. Porque a menudo las urgencias  nos devoran y nos llevan por veredas aparentemente más llanas, que sin embargo terminan en un precipicio.  Porque en situaciones incómodas a veces hay que optar por no seguir al pie de la letra el libro del yo puro, y coquetear con versiones menos Salomé de nosotros mismos. Por falta de coraje. Por ceguera. Por niebla alrededor. Por pánico. Por conveniencia. ¿Qué hacer cuando uno descubre quién es, a veces bien entrada la madurez, pero a veces en la tardía adolescencia? ¿Cuál es el precio que pagamos por mirar hacia otro lado? ¿Y el que pagamos por ir a muerte a conquistar la identidad? ¿Por qué el Yo es la construcción más colosal y más difícil en la que nos embarcamos?

Una película me ha dejado sumida en un charco de pensamientos. Inquieta, concernida. Deseosa de saber más sobre esa mujer, Lou Andreas-Salomé. Sobre sus pensamientos acerca del narcisismo positivo. Sobre el peso de su figura dentro del incipiente movimiento feminista europeo de su época. Sobre mis temores y mis contradicciones…

No diré que me parezca una gran película, creo que acusa  ese pecado de convertir en caricaturas ridículas a las figuras masculinas mientras refuerza absolutamente la de la protagonista. No sé si a propósito o por un desliz indeseado. Me parece innecesario porque el magnetismo de Lou, encarnado con solvente contundencia por tres actrices diferentes, no precisa devaluar al resto para brillar. Aun así creo que nuestras hijas (e hijos) deberían ir a verla. Porque es hora de aprender de mujeres que asumieron el reto de convertirse en quienes eran, con todo el peso de las convenciones y hasta de la ley en contra de ellas. Cerebros poderosos, ejemplos imbatibles.

Y respecto a mí, espero que mis hijas sepan leer algunos mensajes nada explícitos que superen las órdenes ramplonas que les suelto cada día.  Convertirse en uno mismo a veces duele. Hay quien se muere sin haberse probado, como una sombra grotesca de quien quiso ser. El Yo, ese enemigo que sólo da tregua cuando se le deja entrar hasta la cocina y que haga de las suyas. Identidad furiosa, desnuda y sin caretas.