P { margin-bottom: 0.21cm; }»Soy un lector impaciente y temperamental. En una novela,
una biografía o un debate intelectual me irrita lo prolijo, lo
ampuloso y todo lo vago y exaltado, poco claro o indefinido, todo lo
que es superficial y retarda la lectura (…) Nueve de cada diez
libros que caen en mis manos los encuentro llenos de descripciones
superfluas, de diálogos plagados de cháchara y de personajes
secundarios innecesarios»
.

He vuelto a hacerlo. Y sí, soy una pesada irritante cuando se
trata de Stefan Zweig. Pero pocos gestos hay tan placenteros
como coger su biografía a la remanguillé, abrir por una página
cualquiera y encontrar algo que me deslumbre mientras Tortu,
que ha duplicado su tamaño respecto al verano anterior, agita sus
patas desesperada para que la saque de su jaula como si fuera un
perro (que es lo que sin duda cree ella).

En la literatura, como en la vida, soy extraordinariamente
impaciente con el singermornismo. Y aún más diría que
implacable, lo que me granjeará no pocas enemistades el día que los
afectados se den cuenta de por qué no les sigo el rollo ni
leo los libros que leen. Me viene a la cabeza una de esas
conversaciones de amigos que nos regala esta tierra fértil en la que
salió a colación el nombre de cierto director de cine español.
Yo aporté a la charla un dato que me parecía relevante: «Cada
vez que se habla de él en una mesa -y llevo muchas- hay alguien que
apostilla: «Menudo gilipollas»
. Inmediatamente M. salió
en su defensa, lo que agradecí porque la unanimidad debe ponerse
siempre bajo sospecha: «Es seguramente la persona que más sabe
de cine y, esto es lo importante, que posee un discurso sólido y
propio. No es lo mismo saber que tener un discurso».

¡¡¡Esto no es digno de Zweig, editorial Acantilado!!!

Estuve de acuerdo, naturalmente. Pero al talento indudable de
poseer un discurso habría que añadir la oportunidad de soltarlo
cuando procede
-tertulia, debate, cinefórum, el Ateneo, un
ataúd- y no torturar al respetable con un chorreo sin duda sesudo de
conceptos, teorías y relaciones con tufillo pedante, salvo que te lo
hayan pedido. La afectación es lo que convierte a un erudito en
un «menudogilipollas»
. Pero esto no lo dije porque M.
me cae fenomenal y era de noche y nos estábamos ventilando un
chuletón de levitar y éramos felices de estar juntos. Eso tan
simple que no hará novela pero sí un relato de vacaciones de
montaña llenas de verdad y sencillez. Sin lugar para la vaguedad ni
para otra  exaltación que no sea la de las olas o la de ese
rato solitario a la carrera donde me cruzo con perfectos desconocidos
a los que saludo, sonrío y me sonríen justo antes del bautismo
de Cantábrico
y de ese premio de desayunar un pincho de tortilla
recién hecho con un zumo y el periódico entre las manos.

Pero esa noche mi amigo sembró la desazón en mí. ¿Tendría
yo un discurso?
¿Un compendio de conocimiento y punto de vista
unido a la capacidad de defenderlo ante una audiencia puesta hasta
las trancas de patatas con cabrales? Sobrecogida, deduje que no, y me
abalancé sobre mi libro en la convicción de que debo condensar mi
sabiduría popular, pret a porter, en un manual del que mis hijas
estén orgullosas algún día. Podría titularse «La mujer
que no sabía ni mucho ni poco de casi todo
» y debería
autoeditármelo porque las que adolecemos de discurso tendemos a
adolecer también de estrategia comercial y de marketing.

La Inhumanidad

Termino con Zweig, naturalmente, abriendo una página al azar.
«Resulta difícil desprenderse en pocas semanas de treinta o
cuarenta años de fe profunda en el mundo. Anclados en nuestras ideas
del derecho, creíamos en la existencia de una conciencia alemana,
europea, mundial, y estábamos convencidos de que la inhumanidad
tenía una medida que acabaría de una vez para siempre ante la
presencia de la humanidad(…) Tengo que confesar que en 1933 y
todavía en 1934 nadie creía que fuera posible una centésima, ni
una milésima parte de lo que sobrevendría al cabo de unas

 P { margin-bottom: 0.21pocas semanas». (La guerra Israel, Hamás. La de
Irak. Sólo dos de este verano. Leed a Zweig. No hay nada más lúcido
y contemporáneo
)