«La casa es el lugar del mismo”, sangra el eco de esa frase que no es tuya. Si te quitan tu casa te arrebatan el alma igual que a esas tribus perdidas las fotos del turista voraz, impertinente. Mi vecina y casi desconocida D.me dio el titular de su miedo hace unos días, y no en el descansillo del portal, sino en un evento del que yo era anfitriona por trabajo y ella solícita invitada. “Me echan de casa. Es propiedad de un banco y me ha notificado que debo irme”. Desolación, desánimo. Temblor y desconcierto. (El alquiler no perdona, es fugaz espejismo de un lugar del Yo que es de otro y que por tanto un día vuelve al otro, no lo olvides vecina).

No abro mi casa fácilmente a los extraños; no hago cenas sociales, solo cafés de amigos o fabes con su vino. Soy tacaña de muros y persianas, me confieso. Profeso la sagrada intimidad de esa luz velada que tienta mi pasillo cuando la soledad más sola entiende de agua templada con limón y un café gigantesco en esa taza infantil, desportillada, que no tiras igual que no tiraste el enorme jersey de lana con sus bolas parduzcas, por cálido refugio necesario.

Tu casa es el tictac de un reloj que sólo se hace presencia en esas horas en las que sus paredes respiran lento, pesado de la noche, y oyes los crujidos de sus costuras huecas como oyes el motor de la nevera, que de pronto enmudece con los ruidos y el trajín cotidiano. Y todo está en su sitio, bendito revolutum de un par de calcetines que tu hija pequeña abandonó en la noche a su libre albedrío y ha devastado el perro; y el vaso con los restos de cacao, bebido sin reposo, como esos ritos de vieja que se persigna a la salida de misa, encogida y veloz a encender el puchero y a cerrar las ventanas. El hogar oreado mientras tanto.

El hogar, que nunca fue tan tuyo y tan esquivo, como piel arrancada sin pico de anestesia. En qué momento el manto se apoderó de tus ritos, te cambió los cojines del sofá, se fumó tus cortinas. Derecho sin derecho, usurpación en nombre de la historia. Eléctrico rumor de tuberías rotas.

No hay nada más mío que las palabras que vierto e imagino; nada más libre que el sentir, legítimo sin cartas credenciales necesarias. Nada más amado -si hablamos de lo que se lucha y se trajina, del esfuerzo de ahorro necesario- que esta casa con patio que aún huele a cenizas del fuego del ayer pasado por insomne oscuridad.

Diré que tengo poco apego a los objetos, aunque los amontone. Si mañana en mi armario faltaran una blusa o el vaquero fetén, acaso perdería dos minutos o tres en reclamarlos, no escupiría al cielo ni a la nostalgia loca un solo amortajado de trompeta. Pero esta casa con patio es mi yo vigilante y mi escritura, mi puño levantado, el puro grito. El sueño de mi vida proyectado que ha ido echando raíces y mira de perfil a los extraños.

Ese lugar del mismo que brama por los quicios de sus ventanas yermas cubiertas de rocío. La niebla más espesa se ha colado por debajo de mis uñas al ras, el azúcar con lágrimas de hiel, la manta sofocando los temblores. Yo soy esta casa, sus muros encalados, su chimenea árabe, el cielo con estrellas de sus vigas. Y las teclas furiosas, dislocadas. Y la paz tan urgente y necesaria…