Mi querida Big-Bang:

La pesadilla arranca en el lobby de un hotel de gran lujo. Somos un grupo y tardan un rato en darnos a todos la llave de las habitaciones. Ya en el ascensor, quedamos en vernos en diez minutos. Mis compañeros van saliendo en cada piso, menos yo. Porque en mi tarjeta no figura el piso, peor sí una sucesión alfanumérica que me obliga a salir al pasillo del octavo y buscar una camarera. Es asiática, y su compañera también, Raro, porque juraría que estoy en Europa. No parecen entender mi inglés ni lo hablan, pero una de ellas, coja del pie derecho, me conduce por pasillos cada vez más angostos que desembocan en cuartos de ropa sucia que ella abre con ceremonia para decir:»¿será éste?». Así nos pasamos todo el sueño, a veces sola, a veces con la china, y termino en una especia de motel de carretera, desesperada, frente a unos cajetines con cifras rodeada de yonkis que hacen lo propio con movimientos torpes y colgados. Pero a ellos se les abre una puerta. A mí no.

Antes de que sientas la tentación de interpretar mi sueño, lo haré yo. Hace unos años que tuve una visión. ASALTOS DE CAMA. O sea, escribir una guía sui géneris sobre los hoteles donde duermo comentando esos detalles importantes que nadie te cuenta. Por ejemplo: calidad del colchón, ruido exterior, distancia de la cama al cuarto de baño (fundamental en parejas que acaban de conocerse), surtido del mueble bar, naturaleza del suelo (odio la moqueta), bolis y amenities que te puedes llevar a casa, presión de los grifos, insonorización (sí, todos hemos oído los gemidos más de una vez al otro lado del tabique, y no suelen ser muy inspiradores). Densidad de menores de 12 años por metro cuadrado, carácter de los camareros, luminosidad del spa, calidad de las toallas, tamaño de la pantalla del televisor, flores naturales o artificiales, ventanas estilo Alcatraz -esas de edificio inteligente que no hay quien abra- o tradicionales, sensor de humos (¿funciona o no? Muy útil para fumadores dispuestos a burlar la ley). Distancia al restaurante (odio los pasillos estilo El Resplandor. Siempre pienso que me va a salir un niño con triciclo y un zombie de la bañera. Traumas de adolescencia). Y, por supuesto, qué merece la pena probar del buffet desayuno y qué no y con quién habría que ir idealmente (amante lujurioso, marido de toda la vida, amigas parlanchinas, tu oso Aeloysius, el informe de auditoría de la empresa, la tía Purita…)

Así que allá voy, no por ganas, sino porque no puedo soportar más a esa china de mis sueños, ni andar a bandazos en busca de puertas que no se abren ni, sobre todo, quedar con un grupo en el lobby de un hotel y no aparecer nunca. Odio los reality shows y no estoy segura de que pese a mi megalomanía me gustara salir en prime time frente a un cajetín con cifras. Rodeada de yonkis y con la voz de Mercedes Milá en off ordenándome que coja mi maleta y vuelva a real life, humillada.

Te dejo, que debo invitar a mis amigos a participar en mi proyecto. Se admiten informes sin venderse al establecimiento, ya me entienden. Esta noche arranca mi plan. Voy a dormir como los ángeles, soñando con puertas que se abren a mi paso y con enormes alfombras rojas, mullidas y fragrantes. Ay, Lacan, si hubieras sabido lo fácil que es matar los malos sueños!!