Mi querida Big-Bang;
Ayer me insultaron cruelmente: «eres una improvisadora». Vamos, que invito a cenar a mis amigas de la universidad con sus respectivos (en adelante «mis maridos virtuales») y, tras repartirnos el menú, me adjudican las ensaladas exóticas porque soy moderna y actual, mega cool y, sobre todo, porque la última vez que encendí el horno vino el cuerpo de bomberos alertado por una llamada de mi vecina Mrs.Gestapo.
Yo voy, voluntariosa,  al mercado.Me cruzo con mi vecino el cienciólogo chiflado, miro mal a una chunga que ha escogido la granada que yo quería y empiezo a coger sin ton ni son ingredientes que ignoro cómo deberé combinar: brotes de soja, foie fresco, rúcula, tomates cherry, albahaca, queso feta y de otros tres, carne en carpaccio, anchoas…y así hasta que lleno el carro. «Muy mal se nos tiene que dar para que de aquí no salgan tres buenas fuentes epatantes», me digo en la caja, resudando por el esfuerzo. Y el cienciólogo, detrás, me pasa un papelillo con un nombre y un teléfono para que vaya a que me hagan un test de personalidad: «Inconsistente e improvisadora. No hace falta que me lo diga tu test», le suelto blandiendo el pack de tomates secos.
Vale, no soy la Preysler ni ofrezco esos bombones atroces de nocilla con papelillo dorado de nombre pomposo, pero ya podría aprender un poco de ella y de sus virtudes como anfitriona. Para colmo, no tengo una vajilla completa ni, lo que es peor, una cubertería de más de cien piezas, lo que me recuerda mi jefa día sí, día también. No entiende que es mi último estertor de rebeldía antisistema marujil. Que el día que compre unos bajoplatos a conjunto con platillos para el pan empezaré a llevar bolso con zapatos del mismo color, twin set cámel y laca. O sea, la perdición.
Anoche, digo, celebrábamos nuestra vigésimo quinta Navidad y llegó J, muy crecidito , con una enorme bolsa de almejas talla XXL. «Comprobarás, querida, que tengo todos los ingredientes necesarios. Déjame sitio y mantén a tus chukis a raya». El gran Ducasse se disponía a bordar un plato y la chef chunga no sabía qué hacer con las ensaladas. Así que la tiña me llevó a referirme a sus almejas como «chirlas» cada dos por tres, incluso delante de mis amigas, que se descojonaban (con perdón) mientras él me lanzaba rayos X de odio. Tanto, que desistí de soltar un «tienen arenilla,¿no?» por si me echaban de mi propia casa.
Las chirlas, debo reconocer, tuvieron más éxito que mis ensaladas, y J. recogió lóas a cascoporro, mientas yo ponía caras de «no es para tanto». Al final me reservé mi golpe de efecto. El plato de polvorones de la Estepa, con su turroncillo y todo. Mi versión de los Ferrero Rocher en la residencia del embajador. Yo misma me comí tres, empujados con vinillo, y me he pasado la noche soñando con la Preysler.  Creo que de hoy no pasa sin comprarme unos buenos bajoplatos irisados y unas fuentes para espárragos con accesorios de plata. Como la anfitriona perfecta que me he propuesto ser.