La mujer avanzó hasta la vía del tren, colocó su bolso sobre el riel y, tras tumbarse, puso la cabeza encima como si se tratara de una almohada. El tren la despedazó minutos más tarde.

No busquéis la noticia. No ha sido publicada. Pero sucedió cerca de Madrid, hace unos días. Me la contó ayer un taxista cuya mujer es policía. El teléfono sonó en la centralita. Una llamada desesperada más. «Le aseguro que mi mujer ha visto de todo, pero la escena que se encontró no la deja dormir. ¿Sabe que la pobre señora sólo tenía 43 años?».

Los expertos en suicidas sostienen que muchas de las mujeres que intentan hacerse un Marilyn, o sea, quitarse la vida con un cóctel de pastillas, a menudo  están reclamando atención. No pretenden morir sino que alguien las quiera y se preocupe de su dolor. Se lo cuento al taxista cuando consigo recuperar el habla. Pero si te acuestas sobre una vía del tren, huérfana de vigilancia y sin disuasores a la redonda, es que la desesperación no te permite amagar. No hay salida. Y pienso en esos minutos, segundos eternos, su cabeza clavada en el bolso. ¿Tuvo un momento de titubeo, el impulso de la marcha atrás, el pánico al dolor? Puede que sintiera frío, que cerrara los ojos o que los dejara clavados en el horizonte paralelo de las vías. Ese instante eterno de la espera. Un rapto de levantarse y vivir. Demasido tarde.

Pero mi taxista, un hombre de mi edad, educado, quiere contarme más. Su padre también se suicidó hace un mes. Se ahorcó. «Llevaba tiempo avisándonos de que no quería vivir más, estaba muy deprimido. Supe que al fin lo había hecho cuando me llamaron diciendo que había dejado su reloj en mi mesilla». Al parecer llevaba años diciéndole a mi conductor: «A ver si te compras un reloj en condiciones, hijo, que ya vas siendo mayorcito». 

Madrid Arena

Debí palidecer con su relato, porque el hombre se disculpó: «Perdone por contarle tanto dolor, pero ahí fuera están pasando cosas y hay que saberlo».

Anoche recibí un mensaje de un amigo: «El Ayuntamiento ha cancelado el evento por la muerte de la última niña del caso Madrid Arena. La Reina ya estaba yendo, todos listos y vestidos, imagínate».  Me pareció muy oportuno. Hay duelos que deben ser compartidos, hay muertes que son símbolos. Castigos por la desidia, la avaricia, la negligencia, la corrupción de esos que no se plantean que al vulnerar los reglamentos están firmando sentencias de muerte. Espero que se pudran sobre la vía de algún tren en el infierno.

Es viernes y sí, ahí fuera están pasando cosas y hay que saberlo.

No se me ocurre una muerte más triste, más desoladora, que la de esa mujer sola que espera tumbada la llegada del tren. Ha calculado el momento, ha elegido el lugar. Se dirige hacia allí, con su bolso. Se arrodilla, lo coloca cuidadosamente sobre la vía y mira alrededor. No hay nadie. Por allí nunca pasa nadie. Después, se tumba, tal vez boca abajo, la cabeza sobre el bolso, y siente tanto miedo que se le hiela la sangre. Oye a lo lejos el ruido inconfundible del tren que se acerca. Tres, dos, uno. Ya está.

No se me va a olvidar nunca. Ni al taxista, ni a su mujer. Ahí fuera están pasando cosas. Algunas, la mayoría, no se publican.